
La reunión del FOMC de marzo se produce en un momento particularmente desafiante para la política monetaria de la Reserva Federal de EE.UU. El escenario combina un shock energético derivado de tensiones geopolíticas, un mercado laboral que comienza a perder dinamismo y una inflación que aún no converge completamente al objetivo del 2%.
El consenso del mercado descuenta ampliamente que la Fed mantendrá la tasa de política monetaria en el rango de 3,50%–3,75%, por lo que la atención de los inversionistas estará centrada en el comunicado, la actualización de las proyecciones macroeconómicas y el tono del presidente de la Fed, Jerome Powell. En este contexto, la reunión parece más una actualización del balance de riesgos que un punto de inflexión inmediato en la política monetaria.
En el frente macroeconómico, los datos recientes muestran señales mixtas. Las nóminas no agrícolas de febrero registraron una caída cercana a 92 mil puestos, mientras que la tasa de desempleo subió a 4,4%, reflejando una moderación en la demanda laboral. Al mismo tiempo, los salarios promedio por hora crecieron 0,4% mensual y 3,8% interanual, lo que sugiere que las presiones salariales aún no han desaparecido completamente.
Este entorno ha comenzado a reflejarse también en los mercados de tasas, donde los rendimientos de los bonos del Tesoro estadounidense han estado presionados al alza durante gran parte de marzo, incorporando un mayor riesgo de estanflación asociado al shock energético.

El principal factor que condiciona la reunión de la Fed de marzo es el riesgo geopolítico en el mercado energético.
La escalada del conflicto entre Estados Unidos e Irán ha generado interrupciones relevantes en el tráfico marítimo a través del Estrecho de Ormuz, un punto estratégico por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo transportado por mar a nivel global.
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Las tensiones han provocado cierres puntuales de infraestructura energética en la región y episodios de elevada volatilidad en los mercados de energía. En este contexto, el Brent ha operado repetidamente en torno o por encima de los USD 100 por barril, mientras que la Agencia Internacional de la Energía ha calificado el episodio como una de las disrupciones de oferta más severas del mercado petrolero moderno.
Este escenario introduce un dilema para la Reserva Federal. Por un lado, el encarecimiento del petróleo eleva los riesgos inflacionarios en el corto plazo. Por otro, mayores costos energéticos y disrupciones logísticas podrían afectar la actividad económica global.
En consecuencia, el shock energético representa un impulso inflacionario de oferta frente al cual la política monetaria tiene herramientas limitadas, lo que obliga a la Fed a mantener cautela en sus decisiones.
Las cifras de inflación disponibles antes de la reunión reflejan un período previo a la intensificación del shock energético, pero continúan mostrando presiones suficientes como para justificar cautela por parte de la Reserva Federal.
En febrero, el IPC de Estados Unidos aumentó 0,3% mensual y 2,4% interanual, mientras que la inflación subyacente se ubicó en 0,2% mensual y 2,5% anual, aún ligeramente por encima del objetivo del 2%.

Además, ciertos componentes del índice sugieren que el PCE subyacente —la medida de inflación preferida por la Fed— podría estar creciendo a un ritmo algo mayor que el IPC, incluso antes de incorporar completamente el traspaso del encarecimiento del petróleo.
En este contexto, la función de reacción del FOMC se ha vuelto claramente bidireccional. Si el shock energético se prolonga, la inflación podría mantenerse elevada por más tiempo. En cambio, si el mercado laboral continúa debilitándose, aumentaría la presión para flexibilizar la política monetaria.
Más allá de la decisión inmediata, la trayectoria futura de la política monetaria de la Reserva Federal de EE.UU. dependerá de tres factores clave.
El primero es la duración del shock energético en Medio Oriente. Un bloqueo prolongado del Estrecho de Ormuz mantendría elevada la inflación y aumentaría el riesgo de efectos de segunda vuelta en los precios.
El segundo factor será la evolución del PCE subyacente una vez que el impacto del petróleo se refleje plenamente en los datos de inflación. Si esta medida comienza a moderarse hacia niveles compatibles con el objetivo del 2%, el espacio para recortes de tasas podría reabrirse hacia finales del tercer trimestre.
El tercer elemento es la resiliencia del mercado laboral estadounidense, ya que nuevos datos débiles reforzarían el argumento para recortes incluso en un entorno de inflación energética elevada.
En ausencia de una resolución rápida del conflicto geopolítico, el escenario más probable es que la Fed mantenga una señal de paciencia en marzo, preserve la opcionalidad para el segundo semestre y permita que los mercados —especialmente el dólar, el petróleo y las tasas largas— continúen reaccionando principalmente a la evolución del riesgo geopolítico y energético.
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