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El principal canal que explica el comportamiento del precio del oro sigue siendo la política monetaria estadounidense. El débil reporte de nóminas no agrícolas de julio redujo las expectativas de nuevas alzas de tasas y favoreció la caída de los rendimientos que permitió al metal registrar su recuperación más importante en varios meses.

Esta señal laboral resulta relevante porque llega después de varios meses en los que la narrativa dominante giraba hacia la posibilidad de que la Reserva Federal debiera mantener, o incluso reforzar, una postura restrictiva frente a una inflación todavía incómoda. Un deterioro adicional de la actividad que reduzca la necesidad de subir el tipo rector favorece al oro, mientras que una sorpresa inflacionaria que obligue a la Fed a sostener tasas elevadas aumenta el costo de oportunidad de mantener un activo que no genera intereses.

Esa tensión explica la importancia excepcional de los datos de inflación que se conocerán esta semana en Estados Unidos. El mercado buscará comprobar si la moderación laboral es compatible con un proceso de desinflación lo bastante convincente como para que la Fed adopte una postura más paciente. Por ahora, las tasas estadounidenses han vuelto a subir y el dólar se mantiene firme, lo que limita la capacidad del oro para extender con mayor claridad su avance.
La incertidumbre en torno al Estrecho de Ormuz añade un segundo factor clave, aunque su impacto sobre el precio del oro es menos directo de lo que sugeriría una lectura tradicional de activos refugio. La ausencia de un acuerdo que normalice por completo el tránsito mantiene una prima geopolítica relevante en el petróleo, mientras Teherán insiste en que aún no existen condiciones para garantizar el libre paso por la vía marítima.

Aquí aparece una de las paradojas más relevantes para el metal: un deterioro en Medio Oriente puede elevar inicialmente la demanda por refugio, pero si la consecuencia dominante termina siendo un nuevo shock energético, el efecto se vuelve ambiguo, ya que un petróleo persistentemente elevado implica mayor riesgo de inflación y podría retrasar cualquier relajación monetaria.

Por eso, la dirección del oro depende menos de la geopolítica en sí que de cómo esta se transmite hacia la inflación, los rendimientos reales y el dólar. La evolución de la demanda ayuda a explicar la resiliencia reciente del metal: los flujos hacia ETFs respaldados físicamente volvieron a terreno positivo, lo que sugiere que el ajuste de posicionamiento del segundo trimestre podría estar llegando a su fin.

Desde la perspectiva técnica, el precio del oro mantiene una estructura constructiva en el gráfico diario tras romper la zona de consolidación entre 4.030 y 4.243. El metal cotiza cerca de 4.353 dólares y se aproxima a una resistencia clave en 4.386, cuya superación sería relevante para confirmar la continuidad alcista.
Los indicadores respaldan el movimiento: la media móvil exponencial de 10 sesiones giró al alza y el precio se mantiene por encima de la EMA de 21 y la media móvil simple de 50, reforzando la mejora de tendencia. El RSI, cerca de 66, muestra impulso positivo sin entrar todavía en sobrecompra extrema, mientras que el ADX, alrededor de 27,7, indica que la tendencia gana fuerza.

Una entrada podría considerarse tras un cierre diario por encima de 4.386, con objetivos en la zona de 4.450–4.460, 4.556 y 4.648. De forma alternativa, un retroceso hacia 4.243 que mantenga esa zona como soporte ofrecería una entrada con mejor relación riesgo/beneficio. El principal riesgo es un rechazo en 4.386: la pérdida de 4.243 debilitaría el quiebre y podría llevar al precio hacia 4.150–4.200, mientras que una caída por debajo de 4.030 cuestionaría seriamente la estructura alcista y elevaría el riesgo de un retroceso hacia 3.925.
El balance de riesgos para el precio del oro sigue siendo bidireccional: una inflación estadounidense más moderada, junto con nuevas señales de enfriamiento laboral, reforzaría la expectativa de una Fed en pausa y consolidaría la recuperación del metal, mientras que una sorpresa inflacionaria —sobre todo si coincide con un petróleo persistentemente elevado— podría revivir las expectativas de nuevas alzas de tasas y devolver al oro a la presión que predominó durante buena parte del segundo trimestre.
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