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En circunstancias normales, una desescalada geopolítica reduciría la prima de seguridad incorporada en el oro. Sin embargo, durante el conflicto el principal canal de transmisión hacia el precio del oro ha sido monetario: las disrupciones energéticas elevaron el petróleo, intensificaron las expectativas de inflación en EE.UU. y reforzaron la posibilidad de que la Reserva Federal endureciera nuevamente su política. La expectativa de una reapertura de Ormuz está revirtiendo parcialmente esa dinámica.



No obstante, el sector servicios sigue mostrando resiliencia y las presiones de precios permanecen elevadas, por lo que el mercado retira apuestas por un endurecimiento agresivo sin anticipar todavía un giro expansivo. Esta distinción es relevante bajo la conducción de Kevin Warsh, en un momento de diferencias internas en la Reserva Federal: la posición de Neel Kashkari, favorable a elevar gradualmente las tasas, recuerda que la inflación sigue siendo el principal obstáculo para una recuperación más sostenida del metal.
La relación entre el conflicto en Medio Oriente y el oro es, por tanto, menos directa de lo habitual. Un acuerdo creíble que normalice Ormuz reduciría la demanda defensiva, pero también podría sostener el precio del oro al debilitar el petróleo y contener la inflación; un fracaso de las negociaciones elevaría inicialmente la demanda de refugio, aunque una nueva escalada energética terminaría fortaleciendo al dólar y los rendimientos reales, efecto que ha predominado durante buena parte del conflicto.

El panorama fundamental ofrece un soporte más sólido que los flujos tácticos de corto plazo. Las compras de bancos centrales continúan siendo uno de los pilares del mercado, en medio de una tendencia de diversificación de reservas frente a riesgos fiscales, monetarios y geopolíticos. China ocupa un lugar central: las compras oficiales y el interés institucional han contribuido a estabilizar el mercado tras la corrección desde los máximos de comienzos de año, mientras los fondos cotizados respaldados por oro en el país registran una secuencia prolongada de entradas ante la debilidad inmobiliaria y las presiones deflacionarias internas.
Sin embargo, la composición de la demanda muestra fragilidades: la participación minorista occidental sigue por debajo de máximos previos y los ETFs globales registraron salidas durante el segundo trimestre.

Hacia adelante, el balance de riesgos para el precio del oro es tácticamente favorable, aunque no confirma una tendencia alcista plenamente consolidada. Una normalización efectiva de Ormuz junto a señales de enfriamiento laboral en EE.UU. podría prolongar la presión bajista sobre el dólar y los rendimientos; para una recuperación más profunda será necesaria una reactivación sostenida de los flujos hacia ETFs occidentales, ausente la cual el avance queda expuesto a tomas de ganancias.
En el plano técnico, el oro muestra una ruptura alcista desde una base de acumulación entre 3.925 y 4.031, respaldada por una vela diaria de +3,96% y la recuperación de las medias móviles EMA 10/21 y SMA 50. La señal es constructiva, aunque el precio en 4.238,81 aún está por debajo de la resistencia crítica de 4.243–4.265, por lo que falta confirmación. El RSI en 60 indica momentum positivo sin sobrecompra, mientras el ADX en 26 sugiere que la tendencia gana fuerza. Una entrada conservadora aparecería con cierre diario sobre 4.265; una alternativa es esperar un retroceso hacia 4.161–4.100 como soporte. Los objetivos alcistas se ubican en 4.386, 4.556 y 4.648, mientras que una pérdida de 4.161 debilitaría el impulso y cierres bajo 4.030 invalidarían la ruptura, abriendo riesgo hacia 3.925.

El precio del oro se sostiene por un canal de tasas y divisas más que por aversión al riesgo, con las compras de bancos centrales como piso estructural. La confirmación de la tendencia, sin embargo, depende de un cierre sobre 4.265 y de que los flujos hacia ETFs occidentales acompañen lo que hasta ahora ha sido un repunte impulsado principalmente por factores institucionales y geopolíticos.
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