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El catalizador inmediato de la corrección ha sido el repunte de las expectativas de un alza de tasas de la Reserva Federal tras los últimos datos de IPP, en un contexto donde el encarecimiento del petróleo vuelve a reforzar las preocupaciones sobre la persistencia de las presiones de precios. La probabilidad implícita de un incremento de tasas en la próxima reunión de la Fed se elevó hacia 70%, desde cerca de 60% previamente, un movimiento acompañado por un fortalecimiento del dólar y un aumento de los rendimientos del Tesoro norteamericano.

El trasfondo macroeconómico, sin embargo, es más complejo que una simple historia de tasas más altas. La inflación continúa mostrando una persistencia que responde tanto a factores domésticos como a shocks de oferta externos: en EE.UU., las presiones asociadas a la política comercial y a un mercado laboral con restricciones de oferta se combinan con un nuevo impulso proveniente de la energía. Bajo la presidencia de Kevin Warsh, el mercado ha pasado de debatir un recorte del tipo rector a contemplar nuevas alzas durante 2026. Para el precio del oro, el efecto es ambivalente: en el corto plazo, mayores tasas reales y un dólar más fuerte deterioran su atractivo relativo, pero si la inflación permanece elevada mientras crecen las dudas sobre la capacidad de la política monetaria para contener shocks de oferta, el metal conserva valor como cobertura frente a la inflación y la incertidumbre macroeconómica.
El petróleo se encuentra precisamente en el centro de esa tensión. La escalada del conflicto en Irán y los ataques asociados a las rutas marítimas del Golfo han impulsado al Brent por encima de USD 105 por barril, introduciendo una nueva prima de riesgo energético en la economía global. Este shock opera a través de dos canales que hoy compiten entre sí: por un lado, el deterioro geopolítico aumenta la demanda por activos refugio; por otro, un petróleo persistentemente caro amenaza con mantener elevada la inflación, endureciendo las expectativas de política monetaria y elevando los rendimientos de los bonos. La debilidad del oro pese al aumento de la aversión al riesgo sugiere que, por ahora, este segundo canal domina la reacción del mercado.
El comportamiento de los bonos estadounidenses añade otra dimensión al análisis. Los rendimientos de largo plazo han vuelto a subir ante la combinación de inflación, mayores precios de la energía y crecientes inquietudes fiscales.

La dificultad del Tesoro para contener las tasas mediante operaciones de recompra de deuda ha reforzado las dudas sobre la capacidad de la política fiscal para estabilizar el costo de financiamiento en un contexto de elevados déficits y necesidades de emisión. Para el oro, esto genera una relación no lineal: una subida de tasas eleva el costo de oportunidad de mantenerlo, pero si esa subida refleja una prima creciente por riesgo fiscal, deterioro de la credibilidad de la deuda soberana o preocupación sobre el valor futuro del dólar, puede terminar fortaleciendo la demanda estructural por un activo que no constituye el pasivo de ningún gobierno. Precisamente, estas preocupaciones sobre la deuda estadounidense y la erosión de confianza en el valor de largo plazo del dólar fueron parte importante de la recuperación del oro durante agosto.
Esta distinción entre fuerzas tácticas y estructurales resulta relevante al observar los flujos. Pese al deterioro del entorno de tasas, la demanda institucional por oro sigue siendo robusta: los ETF respaldados físicamente por oro registraron fuertes entradas durante agosto, llevando las tenencias globales a nuevos máximos, mientras los bancos centrales continúan acumulando reservas. Estos flujos sugieren que el soporte al metal no depende exclusivamente de una expectativa de tasas más bajas, sino de la búsqueda de diversificación frente al dólar, el aumento de la incertidumbre fiscal, las tensiones geopolíticas y el interés por activos de reserva sin riesgo de contraparte.

En el corto plazo, el principal riesgo para el precio del oro sigue siendo que los próximos datos estadounidenses confirmen una ampliación de las presiones inflacionarias más allá de la energía. En ese escenario, una subida de tasas por parte de la Fed ganaría mayor respaldo, manteniendo elevados el dólar y los rendimientos reales y prolongando la consolidación del metal. Una moderación de la inflación subyacente, en cambio, podría revertir parte del ajuste reciente en tasas, mientras que una desescalada en Oriente Medio reduciría simultáneamente la prima geopolítica y las presiones energéticas, aunque el efecto neto dependería de cuánto retrocedieran las tasas frente a la pérdida de demanda refugio.
Desde la perspectiva técnica, el oro muestra una transición desde una tendencia bajista dominante hacia una fase de recuperación que atraviesa actualmente una corrección de corto plazo. Tras caer desde la zona de 5.247–5.425 hasta formar una base entre 3.925 y 4.030, el precio rebotó con fuerza durante agosto y alcanzó aproximadamente 4.648, rompiendo parcialmente la secuencia previa de máximos y mínimos descendentes.
Actualmente, el oro cotiza cerca de 4.357, por debajo de las medias de 10 y 21 días (alrededor de 4.413 y 4.407), lo que refleja debilitamiento inmediato. Sin embargo, se mantiene por encima de la media de 50 días, cercana a 4.266, por lo que la recuperación de mediano plazo sigue vigente. El RSI alrededor de 48 confirma pérdida de impulso comprador, mientras un ADX cercano a 20 sugiere que no existe por ahora una tendencia especialmente fuerte.

La zona de 4.243–4.266 es el soporte decisivo para el precio del oro. Si resiste, el retroceso podría transformarse en un mínimo ascendente y favorecer una recuperación hacia 4.556 y 4.648; una ruptura clara de 4.648 reforzaría el escenario alcista. Por el contrario, perder 4.243 aumentaría el riesgo de caída hacia 4.030 e incluso 3.925, manteniendo al metal en una fase de consolidación entre presión táctica y soporte estructural.
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