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El repunte del petróleo WTI no responde tanto a una pérdida inmediata y equivalente de producción, sino al aumento de la probabilidad de que el conflicto termine afectando de manera más profunda la capacidad de transportar crudo desde el Golfo Pérsico hacia los principales centros de consumo. La escalada entre Estados Unidos e Irán, los ataques sobre embarcaciones y activos energéticos en el Golfo Pérsico y las nuevas acciones de grupos alineados con Teherán han devuelto toda la atención al Estrecho de Ormuz.

El detonante más reciente fue una nueva ronda de enfrentamientos directos. Fuerzas estadounidenses atacaron tanqueros iraníes después de un intento de agresión contra un buque de guerra de EE.UU., mientras Irán reportó represalias contra objetivos estadounidenses y regionales. Siguen además las conversaciones con Omán para administrar el tránsito por la zona, aunque sin un acuerdo definitivo. En este escenario, el riesgo real ya no pasa únicamente por cuántos barriles iraníes puedan dejar de fluir, sino por cuán confiable sigue siendo toda la infraestructura logística de la región.

Antes del conflicto, cerca de una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado mundial transitaba por el Estrecho de Ormuz. Aunque el tránsito físico no se ha interrumpido por completo, la falta de visibilidad, los riesgos de navegación y el aumento de los costos de seguro mantienen elevada la prima geopolítica que hoy incorpora el precio del petróleo WTI y también el Brent.

La tensión es incluso más evidente en los productos refinados. Las restricciones sobre exportaciones de Medio Oriente, junto con una capacidad de refinación más ajustada, presionan con fuerza al diésel, un insumo que se transmite de forma directa a los costos de transporte, agricultura, manufactura y distribución. En otras palabras, el impacto inflacionario de este shock energético podría resultar más persistente que el de una simple subida puntual del crudo.

El trasfondo fundamental ya era relativamente restrictivo antes de esta última escalada. La Agencia Internacional de Energía venía señalando una caída importante de los inventarios globales y menores niveles de oferta como consecuencia de las disrupciones en Medio Oriente. En Estados Unidos, el último reporte de la EIA mostró una nueva reducción de los inventarios comerciales de crudo y una elevada utilización de refinerías, mientras los inventarios de destilados siguen bajos para la época del año. La OPEP+, por su parte, decidió mantener en octubre los mismos requerimientos de producción de septiembre, sin introducir por ahora una respuesta significativa de oferta frente al incremento de la prima geopolítica.
El impacto macroeconómico del shock ya empieza a sentirse. En Europa, el encarecimiento de la energía reaviva las preocupaciones inflacionarias y eleva las expectativas de nuevas subidas de la tasa de política monetaria. En Japón, altamente dependiente de las importaciones energéticas, el alza del petróleo pesa sobre el crecimiento y el ingreso real. Para las economías emergentes importadoras de energía, el problema puede ser incluso mayor, porque el shock combina presión inflacionaria, deterioro de las cuentas externas y mayor vulnerabilidad cambiaria.
De cara a las próximas semanas, el principal catalizador seguirá siendo el volumen, la regularidad y el costo del tránsito por Ormuz. Nuevos ataques contra tanqueros o infraestructura del Golfo podrían reavivar la prima geopolítica y llevar los precios significativamente más arriba, mientras que una normalización del tránsito o avances diplomáticos creíbles podrían removerla con rapidez. Con todo, el petróleo WTI se encuentra atrapado entre dos fuerzas: por un lado, una oferta efectiva más frágil, con inventarios reducidos, limitaciones de refinación y mayores costos logísticos; por otro, precios lo suficientemente altos como para empezar a erosionar el crecimiento y la demanda.
Desde la perspectiva técnica, el WTI mantiene una tendencia claramente alcista y cotiza alrededor de 96,75 dólares, por encima de sus medias de 10, 21 y 50 sesiones, que además presentan una alineación positiva. Desde los mínimos de junio y julio, el precio ha desarrollado una secuencia consistente de máximos y mínimos crecientes, reforzada recientemente por la ruptura de la resistencia de 93,70 dólares.

El RSI se sitúa en 70,61, señal de un fuerte impulso comprador que también advierte de una condición de sobrecompra capaz de favorecer una pausa o corrección de corto plazo. El ADX, en 20,98, muestra que la tendencia aún no alcanza una fortaleza elevada, por lo que sería positivo observar una lectura por encima de 25 para confirmar mayor consistencia. La principal zona de resistencia se ubica entre 100 y 102,24 dólares; una ruptura sostenida abriría el camino hacia 112,82. Por el contrario, una caída por debajo de 93,70 debilitaría el impulso inmediato, mientras que perder la zona de 88 dólares deterioraría de forma más significativa la estructura alcista.
Mientras la situación en el Estrecho de Ormuz siga siendo incierta, la geopolítica continuará dominando la dirección del petróleo WTI, con el Brent reflejando la misma prima de riesgo. Pero cuanto más se prolongue el shock, mayor será el riesgo de que la propia desaceleración económica termine convirtiéndose en el principal freno para el crudo. En el corto y mediano plazo, el sesgo técnico se mantiene alcista, aunque con un riesgo creciente de consolidación antes de nuevos avances.
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