
El mercado cambiario latinoamericano opera bajo una reconfiguración del marco macro-financiero global que afecta de forma simultánea los tres pilares del carry trade: diferencial de tasas, volatilidad y apetito por riesgo. La escalada de tensiones en Medio Oriente y la incertidumbre sobre la duración de las disrupciones energéticas han elevado la sensibilidad de los mercados a señales relacionadas con inflación global, cadenas logísticas y política monetaria en economías desarrolladas. En ese contexto, la Fed ha adoptado un tono marcadamente prudente, reconociendo que los shocks de oferta podrían complicar el proceso de desinflación y reducir el espacio para recortes de tasas en EE.UU., lo que refuerza al dólar y estrecha las condiciones de financiamiento externo para la región.


En Chile, el CLP sigue siendo una de las divisas más correlacionadas con los términos de intercambio del bloque. Los elevados precios del cobre han operado como soporte para la divisa, pero esa protección se ve contrarrestada por la dependencia energética del país y el impacto del encarecimiento del petróleo sobre inflación interna y expectativas. El Banco Central de Chile ha reflejado esa tensión en su comunicación reciente, adoptando una postura cautelosa que reconoce explícitamente la incertidumbre derivada del conflicto en Medio Oriente. El FMI ha valorado positivamente el compromiso fiscal chileno, aunque el mercado sigue favoreciendo posiciones defensivas frente al CLP en un período estacional históricamente débil y con un entorno global menos favorable para monedas procíclicas.
El peso mexicano conserva el mejor perfil relativo del bloque, pero sus fundamentos domésticos se están deteriorando a un ritmo que el mercado no puede ignorar indefinidamente. Moody's rebajó la calificación soberana mexicana hasta el último escalón del grado de inversión, argumentando deterioro fiscal estructural, debilidad de crecimiento e incremento de las presiones asociadas al financiamiento de Pemex. Hasta ahora, los CDS mexicanos se han mantenido relativamente estables y los inversores continúan priorizando el diferencial de tasas y la liquidez del mercado local. Sin embargo, Banxico ha comenzado a recortar tasas y ha señalado que el ciclo de flexibilización podría estar llegando a su fin, lo que reduce uno de los argumentos centrales que sostenían el atractivo del MXN. El riesgo ya no proviene únicamente del dólar fuerte, sino también de una posible desaceleración más persistente de la actividad y de tensiones vinculadas a política comercial estadounidense.



El principal riesgo compartido para las monedas latinoamericanas sigue siendo un escenario donde el shock geopolítico derive en petróleo persistentemente alto, inflación global más rígida y una Fed que se vea obligada a sostener condiciones monetarias restrictivas por más tiempo del anticipado. Ese escenario se traduciría en menor crecimiento global, condiciones de financiamiento externo más estrechas y una reevaluación del riesgo emergente que afectaría a toda la región, aunque de forma diferenciada: el MXN conserva atractivo relativo por liquidez y carry; el COP aparece más expuesto a riesgos fiscales y políticos; el BRL depende crecientemente de la credibilidad fiscal y del entorno electoral; y el CLP permanece ligado al comportamiento de cobre y petróleo. Los próximos datos de inflación en EE.UU., las decisiones de los bancos centrales regionales y los desarrollos geopolíticos en Medio Oriente seguirán siendo los principales catalizadores de corto plazo para el FX latinoamericano.
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