
De cara a la publicación del IPC de EE.UU., el mercado ya tiene internalizado un repunte significativo en la inflación general. Las proyecciones apuntan a un avance mensual cercano a 0,9%–1,0% y una variación anual en torno a 3,3%–3,4%, impulsadas principalmente por el alza en energía, particularmente gasolina.

Sin embargo, el foco se desplaza hacia la inflación subyacente, donde las estimaciones sugieren un incremento más moderado de 0,2%–0,3% mensual y alrededor de 2,6%–2,7% anual. Este diferencial entre inflación general y subyacente es clave, ya que permite evaluar si el shock energético comienza a generar efectos de segunda vuelta.
Para la Reserva Federal, esta distinción es determinante. Un dato elevado, especialmente en la subyacente, reforzaría la narrativa de tasas altas por más tiempo, en línea con un tono más restrictivo observado en recientes comunicaciones. En contraste, si las presiones se mantienen contenidas, el banco central tendría margen para sostener una postura más paciente.
En este contexto, las expectativas de política monetaria se vuelven el principal canal de transmisión hacia el resto de los activos financieros.

El comportamiento del dólar refleja actualmente un equilibrio condicionado por la trayectoria esperada de tasas. Una inflación superior a lo esperado —especialmente en su componente subyacente— podría fortalecer la divisa al reforzar expectativas de una política monetaria más restrictiva.
Por el contrario, si el mercado interpreta que el repunte responde principalmente a energía y no a una presión inflacionaria estructural, el impacto alcista podría ser limitado, especialmente en un contexto de menor tensión geopolítica.
Este ajuste en expectativas de tasas es el principal mecanismo a través del cual el IPC se transmite al mercado de divisas, condicionando la dirección de los principales cruces.
El euro ha mostrado una recuperación reciente, apoyado en una menor aversión al riesgo. Sin embargo, su trayectoria sigue estrechamente ligada al diferencial de tasas frente a EE.UU.

Un IPC firme, particularmente en su componente subyacente, podría reinstalar presión bajista al reforzar ese diferencial, mientras que una sorpresa a la baja permitiría extender el rebote.
Desde el punto de vista técnico, el EUR/USD mantiene una estructura lateral con sesgo alcista de corto plazo tras rebotar desde 1.1500.

La consolidación sobre 1.1650 y la media de 50 días abre espacio hacia 1.1813 y potencialmente 1.1946. Retrocesos hacia 1.1650–1.1670 aparecen como zonas de interés, mientras que rechazos en 1.1725–1.1750 podrían activar movimientos bajistas hacia 1.1590. La naturaleza lateral del mercado sigue favoreciendo falsos rompimientos.
Por su parte, la libra esterlina presenta una mayor sensibilidad relativa, combinando exposición a precios energéticos con un entorno monetario más complejo.

En términos técnicos, el GBP/USD mantiene un sesgo alcista tras rebotar en 1.3175 y recuperar la media de 50 días. Mientras se mantenga sobre 1.3379, el escenario favorece una extensión hacia 1.3581 y potencialmente 1.3745. Retrocesos hacia 1.3380–1.3400 se configuran como zonas de interés, mientras que rechazos en 1.3580 podrían abrir espacio hacia 1.3175.
El IPC de EE.UU. tiene el potencial de redefinir la narrativa inflacionaria en el corto plazo. Con el repunte general ampliamente descontado, la atención se centra en si la inflación subyacente confirma presiones contenidas o evidencia efectos de segunda vuelta.
De esta lectura dependerá no solo la trayectoria esperada de la política monetaria de la Fed, sino también la dirección del dólar y el comportamiento de los principales cruces en las próximas semanas.
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